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Cortesía de Norda la Kéndera

jueves, 21 de febrero de 2013

Apuntes sobre el arte de escribir cuentos - Juan Bosch - Ciudad Seva

Todo el crédito a su autor y distribuidor originales. Yo reproduzco este texto por su valor educativo.

Fuente:

http://www.ciudadseva.com/textos/teoria/opin/bosch.htm

Información:

Apuntes sobre el arte de escribir cuentos
 

Juan Bosch


El cuento es un género antiquísimo, que a través de los siglos ha tenido y mantenido el favor público. Su influencia en el desarrollo de la sensibilidad general puede ser muy grande, y por tal razón el cuentista debe sentirse responsable de lo que escribe, como si fuera un maestro de emociones o de ideas.


Lo primero que debe aclarar una persona que se inclina a escribir cuentos es la intensidad de su vocación. Nadie que no tenga vocación de cuentista puede llegar a escribir buenos cuentos. Lo segundo se refiere al género. ¿Qué es un cuento? La respuesta ha resultado tan difícil que a menudo ha sido soslayada incluso por críticos excelentes, pero puede afirmarse que un cuento es el relato de un hecho que tiene indudable importancia. La importancia del hecho es desde luego relativa, mas debe ser indudable, convincente para la generalidad de los lectores. Si el suceso que forma el meollo del cuento carece de importancia, lo que se escribe puede ser un cuadro, una escena, una estampa, pero no es un cuento.

"Importancia" no quiere decir aquí novedad, caso insólito, acaecimiento singular. La propensión a escoger argumentos poco frecuentes como tema de cuentos puede conducir a una deformación similar a la que sufren en su estructura muscular los profesionales del atletismo. Un niño que va a la escuela no es materia propicia para un cuento, porque no hay nada de importancia en su viaje diario a las clases; pero hay sustancia para el cuento si el autobús en que va el niño se vuelca o se quema, o si al llegar a su escuela el niño halla que el maestro está enfermo o el edificio escolar se ha quemado la noche anterior.

Aprender a discernir dónde hay un tema para cuento es parte esencial de la técnica. Esa técnica es el oficio peculiar con que se trabaja el esqueleto de toda obra de creación: es la "tekné" de los griegos o, si se quiere, la parte de artesanado imprescindible en el bagaje del artista.

A menos que se trate de un caso excepcional, un buen escritor de cuentos tarda años en dominar la técnica del género, y la técnica se adquiere con la práctica más que con estudio. Pero nunca debe olvidarse que el género tiene una técnica y que ésta debe conocerse a fondo. Cuento quiere decir llevar cuenta de un hecho. La palabra proviene del latín computus, y es inútil tratar de rehuir el significado esencial que late en el origen de los vocablos. Una persona puede llevar cuenta de algo con números romanos, con números árabes, con signos algebraicos; pero tiene que llevar esa cuenta. No puede olvidar ciertas cantidades o ignorar determinados valores. Llevar cuenta es ir ceñido al hecho que se computa. El que no sabe llevar con palabras la cuenta de un suceso, no es cuentista.

De paso diremos que una vez adquirida la técnica, el cuentista puede escoger su propio camino, ser "hermético" o "figurativo" como se dice ahora, o lo que es lo mismo, subjetivo u objetivo; aplicar su estilo personal, presentar su obra desde su ángulo individual; expresarse como él crea que debe hacerlo. Pero no debe echarse en olvido que el género, reconocido como el más difícil en todos los idiomas, no tolera innovaciones sino de los autores que lo dominan en lo más esencial de su estructura.

El interés que despierta el cuento puede medirse por los juicios que les merece a críticos, cuentistas y aficionados. Se dice a menudo que el cuento es una novela en síntesis y que la novela requiere más aliento en el que la escribe. En realidad los dos géneros son dos cosas distintas; y es es más difícil lograr un buen libro de cuentos que una novela buena. Comparar diez páginas de cuento con las doscientas cincuenta de una novela es una ligereza. Una novela de esa dimensión puede escribirse en dos meses; un libro de cuentos que sea bueno y que tenga doscientas cincuenta páginas, no se logra en tan corto tiempo. La diferencia fundamental entre un género y el otro está en la dirección: la novela es extensa; el cuento es intenso.

El novelista crea caracteres y a menudo sucede que esos caracteres se le rebelan al autor y actúan conforme a sus propias naturalezas, de manera que con frecuencia una novela no termina como el novelista lo había planeado, sino como los personajes de la obra lo determinan con sus hechos. En el cuento, la situación es diferente; el cuento tiene que ser obra exclusiva del cuentista. Él es el padre y el dictador de sus Criaturas; no puede dejarlas libres ni tolerarles rebeliones. Esa voluntad de predominio del cuentista sobre sus personajes es lo que se traduce en tensión por tanto en intensidad. La intensidad de un cuento no es producto obligado, como ha dicho alguien, de su corta extensión; es el fruto de la voluntad sostenida con que el cuentista trabaja su obra. Probablemente es ahí donde se halla la causa de que el género sea tan difícil, pues el cuentista necesita ejercer sobre sí mismo una vigilancia constante, que no se logra sin disciplina mental y emocional; y eso no es fácil.

Fundamentalmente, el estado de ánimo del cuentista tiene que ser el mismo para recoger su material que para escribir. Seleccionar la materia de un cuento demanda esfuerzo, capacidad de concentración y trabajo de análisis. A menudo parece más atrayente tal tema que tal otro; pero el tema debe ser visto no en su estado primitivo, sino como si estuviera ya elaborado. El cuentista debe ver desde el primer momento su material organizado en tema, como si ya estuviera el cuento escrito, lo cual requiere casi tanta tensión como escribir.

El verdadero cuentista dedica muchas horas de su vida a estudiar la técnica del género, al grado que logre dominarla en la misma forma en que el pintor consciente domina la pincelada: la da, no tiene que premeditarla. Esa técnica no implica, como se piensa con frecuencia, el final sorprendente. Lo fundamental en ella es mantener vivo el interés del lector y por tanto sostener sin caídas la tensión, la fuerza interior con que el suceso va produciéndose. El final sorprendente no es una condición imprescindible en el buen cuento. Hay grandes cuentistas, como Antón Chejov, que apenas lo usaron. "A la deriva", de Horacio Quiroga, no lo tiene, y es una pieza magistral. Un final sorprendente impuesto a la fuerza destruye otras buenas condiciones en un cuento. Ahora bien, el cuento debe tener su final natural como debe tener su principio.

No importa que el cuento sea subjetivo u objetivo; que el estilo del autor sea deliberadamente claro u oscuro, directo o indirecto: el cuento debe comenzar interesando al lector. Una vez cogido en ese interés el lector está en manos del cuentista y éste no debe soltarlo más. A partir del principio el cuentista debe ser implacable con el sujeto de su obra; lo conducirá sin piedad hacia el destino que previamente le ha trazado; no le permitirá el menor desvío. Una sola frase aun siendo de tres palabras, que no esté lógica y entrañablemente justificada por ese destino, manchará el cuento y le quitará esplendor y fuerza. Kippling refiere que para él era más importante lo que tachaba que lo que dejaba; Quiroga afirma que un cuento es una flecha disparada hacia un blanco y ya se sabe que la flecha que se desvía no llega al blanco.

La manera natural de comenzar un cuento fue siempre el "había una vez" o "érase una vez". Esa corta frase tenía -y tiene aún en la gente del pueblo- un valor de conjuro; ella sola bastaba para despertar el interés de los que rodeaban al relatador de cuentos. En su origen, el cuento no comenzaba con descripciones de paisajes, a menos que se tratara la presencia o la acción del protagonista; comenzaba con éste, y pintándola en actividad. Aún hoy, esa manera de comenzar es buena. El cuento debe iniciarse con el protagonista en acción, física o psicológica, pero acción; el principio no debe hallarse a mucha distancia del meollo mismo del cuento, a fin de evitar que el lector se canse.

Saber comenzar un cuento es tan importante como saber terminarlo. El cuentista serio estudia y practica sin descanso la entrada del cuento. Es en la primera frase donde está el hechizo de un buen cuento; ella determina el ritmo y la tensión de la pieza. Un cuento que comienza bien casi siempre termina bien. El autor queda comprometido consigo mismo a mantener el nivel de su creación a la altura en que la inició. Hay una sola manera de empezar un cuento con acierto: despertando de golpe el interés del lector. El antiguo "había una vez" o "érase una vez" tiene que ser suplido con algo que tenga su mismo valor de conjuro. El cuentista joven debe estudiar con detenimiento la manera en que inician sus cuentos los grandes maestros; debe leer, uno por uno, los primeros párrafos de los mejores cuentos de Maupassant, de Kipling, de Sherwood Anderson, de Quiroga, quien fue quizá el más consciente de todos ellos en lo que a la técnica del cuento se refiere.

Comenzar bien un cuento y llevarlo hacia su final sin una digresión, sin una debilidad, sin un desvío: he ahí en pocas palabras el núcleo de la técnica del cuento. Quien sepa hacer eso tiene el oficio de cuentista, conoce la "tekné" del género. El oficio es la parte formal de la tarea, pero quien no domine ese lado formal no llegará a ser buen cuentista. Sólo el que lo domine podrá transformar el cuento, mejorarlo con una nueva modalidad, iluminarlo con el toque de su personalidad creadora.

Ese oficio es necesario para el que cuenta cuentos en un mercado árabe y para el que los escribe en una biblioteca de París. No hay manera de conocerlo sin ejercerlo. Nadie nace sabiéndolo, aunque en ocasiones un cuentista nato puede producir un buen cuento por adivinación de artista. El oficio es obra del trabajo asiduo, de la meditación constante, de la dedicación apasionada. Cuentistas de apreciables cualidades para la narración han perdido su don porque mientras tuvieron dentro de sí temas escribieron sin detenerse a estudiar la técnica del cuento y nunca la dominaron; cuando la veta interior se agotó, les faltó la capacidad para elaborar, con asuntos externos a su experiencia íntima, la delicada arquitectura de un cuento. No adquirieron el oficio a tiempo, y sin el oficio no podían construir.

En sus primeros tiempos el cuentista crea en estado de semiinconsciencia. La acción se le impone; los personajes y sus circunstancias le arrastran; un torrente de palabras luminosas se lanza sobre él. Mientras ese estado de ánimo dura, el cuentista tiene que ir aprendiendo la técnica a fin de imponerse a ese mundo hermoso y desordenado que abruma su mundo interior. El conocimiento de la técnica le permitirá señorear sobre la embriagante pasión como Yavé sobre el caos. Se halla en el momento apropiado para estudiar los principios en que descansa la profesión de cuentista, y debe hacerlo sin pérdida de tiempo. Los principios del género, no importa lo que crean algunos cuentistas noveles, son inalterables; por lo menos, en la medida en que la obra humana lo es.

La búsqueda y la selección del material es una parte importante de la técnica; de la búsqueda y de la selección saldrá el tema. Parece que estas dos palabras -búsqueda y selección- implican lo mismo: buscar es seleccionar. Pero no es así para el cuentista. Él buscará aquello que su alma desea; motivos campesinos o de mar, episodios de hombres del pueblo o de niños, asuntos de amor o de trabajo. Una vez obtenido el material, escogerá el que más se avenga con su concepto general de la vida y con el tipo de cuento que se propone escribir.

Esa parte de la tarea es sagradamente personal; nadie puede intervenir en ella. A menudo la gente se acerca a novelistas y cuentistas para contarles cosas que le han sucedido, "temas para novelas y cuentos" que no interesan al escribir porque nada le dicen a su sensibilidad. Ahora bien, si nadie debe intervenir en la selección del tema, hay un consejo útil que dar a los cuentistas jóvenes: que estudien el material con minuciosidad y seriedad; que estudien concienzudamente el escenario de su cuento, el personaje y su ambiente, su mundo psicológico y el trabajo con que se gana la vida.

Escribir cuentos es una tarea seria y además hermosa. Arte difícil, tiene el premio en su propia realización. Hay mucho que decir sobre él. Pero lo más importante es esto: El que nace con la vocación de cuentista trae al mundo un don que está en la obligación de poner al servicio de la sociedad. La única manera de cumplir con esa obligación es desenvolviendo sus dotes naturales, y para lograrlo tiene que aprender todo lo relativo a su oficio; qué es un cuento y qué debe hacer para escribir buenos cuentos. Si encara su vocación con seriedad, estudiará a conciencia, trabajará, se afanará por dominar el género, que es sin duda muy rebelde, pero dominable. Otros lo han logrado. Él también puede lograrlo.

miércoles, 20 de febrero de 2013

El arte de escribir - bvs.sld.cu

Todo el crédito a su autor y distribuidor original. Yo lo reproduzco por su valor educativo.

Fuente:

http://bvs.sld.cu/revistas/aci/vol9_2_02/aci01201.htm

Información:


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Acimed 2001;9(2):85-7
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Editorial

El arte de escribir

Desde el momento en que el hombre escribe y expresa sus pensamientos en forma comprensible a los demás, se cumple el fin del lenguaje «transmitir lo pensado a lo escrito».1 El uso del lenguaje es un fenómeno complejo en el cual si fácil no es hablar, tampoco lo es escribir con corrección.

Martín Vivaldi,2 al tratar el tema, se refiere a las expresiones de Fidelino de Figueiredo, el cual afirma: “La vida, la palabra y el pensamiento son inseparables; pensar y saber es querer decir y poder decir, porque lo que el hombre siente y piensa lo incorpora al mundo de las palabras. El juicio, pieza nuclear del pensamiento lógico, sólo existe en el cerebro del hombre por su traducción en frase”.

Todos se han encontrado alguna vez con el problema de descifrar algo escrito por quien ignora lo más elemental del arte de escribir, y se puede decir que no es por lo que escribe sino por el cómo lo escribe. El pensamiento más sencillo resulta ininteligible en ciertas ocasiones. El estilo de la escritura añade precisión, elegancia, claridad y armonía al texto que se expone.

Toda persona necesita expresar sus pensamientos de forma escrita con corrección y elegancia. Es preciso emborronar muchas cuartillas, tachar y corregir constantemente, la habilidad se adquiere a fuerza de tropezar con las dificultades. Algunos dicen2 que escribir es un don del cielo, aunque es verdad que algo de este arte no se aprende; mucho depende del empeño y el trabajo. Pensemos, por un momento, en las palabras del estilista francés L Veuillot2 «A fuerza de trabajo se puede llegar a ser un escritor puro, claro, correcto e incluso elegante». El arte de escribir es el producto de un arduo esfuerzo.

El estudio de los manuscritos y de cada una de sus ediciones revela las numerosas correcciones que experimentan las obras antes de ir, definitivamente, a la imprenta. Escribir es luchar con las palabras y las frases, corrigiéndolas una y otra vez. Este arte lleva consigo la virtud de la paciencia. Cada uno podrá crear un estilo propio para expresar sus ideas y pensamientos.

A la luz de estas reflexiones, pensemos en Fialho de Almeida,3 quien expresó: «Sólo para criar la lengua son necesarios veinte años de trabajo»; en Tito Livio,3 que aún teniendo a su disposición los archivos del imperio, trabajó durante veinte años en la elaboración de la historia romana; en el poeta alemán Johann Wolfgang,3conocido por Goethe, una de las figuras cumbres de la literatura de su país y de las altas letras universales, el cual dedicó largos años en escribir la obra Götz von Berlichingen, que cambió constantemente su forma; en el poeta latino Virgilio Maron que demoró doce años en componer la Eneida, gran epopeya nacional y religiosa,3,4 y qué decir de Gustavo Flaubert,3 novelista francés, maestro del género realista y prosista, considerado como el gran artífice de la forma, que se levantaba de la cama para transformar una expresión y pasaba noches enteras en reelaborar cinco o seis veces una simple página.

Aprender a utilizar nuestra lengua nos obliga a estudiar sus infinitos recursos para huir de la monotonía y pobreza de vocabulario. La gramática -como dice Salvá- si bien es el primer libro que toma en las manos quien se propone estudiar la lengua, llegará sin dudas a convertirse en un compañero inseparable de aquel que nunca pierde de vista el ánimo de perfeccionarse en ella.3

Todo escritor debe procurar ver en sí mismo la revelación a perpetuidad de su persona y obra. Rodríguez Marín -erudito español- afirma que quien escribe sólo con palabras es como el que construye exclusivamente con ladrillos; si se desea decorar y embellecer el edificio se han de utilizar también las esculturas y las tallas.3

En los escritos deberán no sólo estar presentes frases hechas, sino pensamientos e ideas que contribuyan a engrandecer nuestras aseveraciones y nuestra autoridad en la escritura. Un académico no está excepto de estas exigencias porque el arte de escribir también está presente en los trabajos científicos. La ciencia precisa de conocimientos rigurosos, objetivos y receptivos a la crítica.5

Los aportes científicos requieren de precisión al presentar los resultados, ellos deben de estar distantes de lo fugaz y lo impreciso.

Sin libros y revistas, sin artículos, ponencias o informes de investigación, la ciencia moderna resultaría inconcebible. Es, por lo tanto, imprescindible para cualquier científico, investigador, profesional o estudiante, el dominio del lenguaje escrito y de sus diferentes formas en el ámbito de la comunicación científica.

En el lenguaje científico las frases deberán ser exactas y claras, porque las largas fatigan el espíritu, distraen la atención y terminan por apartar la visión del objetivo principal. El dominio de la expresión escrita y la formación académica sólida es difícil; aunque muchas personas poseen una considerable experiencia acumulada, al respecto Charles Darwin, confesaba al final de su vida «todavía tengo la misma dificultad que antes para expresarme clara y concisamente.»6

Si el genio -según expresión conocida- es hijo en gran parte de la paciencia, si los grandes del mundo literario deben, asimismo, su grandeza a la capacidad de trabajo; fácil será comprender que el reto para el académico y el profesional radica en la creación de su estilo propio de escritura, sobre todo si se considera que en el arte de escribir está la perpetuidad de su trabajo a las futuras generaciones.

Referencias bibliográficas

1. Alfonso Sánchez I. Un mensaje para quienes escribir es algo insignificante [Editorial]. Acimed 1999; 3(2):77-9.
2. Martín Vivaldi G. Del pensamiento a la palabra. Curso de redacción: teoría y práctica de la composición y del estilo. La Habana: Editorial Pueblo y Educación, 1970:16-7.
3. Lasso de la Vega J. Técnicas de investigación y documentación: normas y ejercicios. 2 ed. Madrid: Paraninfo, 1980:288-31.
4. Toro Gilbert M de. Pequeño Larousse Ilustrado. París: Laurousse, 1964:1646.
5. Sabino CA. Cómo hacer una tesis y elaborar toda clase de trabajos escritos. Santa Fe de Bogotá: Panamericana, 1996:8.
6. Darwin CH. Recuerdos del desarrollo de mis ideas y carácter. Barcelona: El Laberinto, 1983:125.
Recibido: 8 de mayo del 2001. Aprobado: 25 de mayo del 2001.
Lic. Ileana R. Alfonso Sánchez. Especialista en Información Científico Técnica y Bibliotecología. Red Telemática de Salud en Cuba (INFOMED). Correo electrónico: ileana@infomed.sld.cu
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martes, 19 de febrero de 2013

El arte de escribir. Clase magistral. - Los Manuscritos del Caos

Todo el crédito a su autor y publicador. Yo lo reproduzco por su valor educativo.

Fuente:

http://losmanuscritosdelcaos.blogspot.com.es/2009/03/el-arte-de-escribir-clase-magistral.html

Texto:


Empezamos la semana con una clase magistral. Espero vuestros comentarios a las palabras de André Maurois, seudónimo de Emile Herzog, novelista y ensayista francés (1885-1967)



El arte de escribir, por André Maurois.


Usted desea aprender a escribir. Tiene razón. De nada sirve tener las ideas justas si uno no sabe expresarlas debidamente. Ni las palabras, ni la elocuencia misma, son suficientes, porque las palabras se desvanecen. Un escrito perdura: aquellos a quienes va dirigido pueden volver a leerlo, meditarlo. Queda para ellos como una imagen del autor. Una relación bien readaptada, bien escrita, está en la base de más de una gran carrera.

Para escribir bien hay que poseer cultura. No es necesario estar al corriente de la literatura más moderna. Es mejor el conocimiento de los grandes clásicos, que suministra citas y ejemplos, introduce a una asociación secreta y poderosa, esta misteriosa francmasonería de los hombres cultivados que uno encuentra tan frecuentemente entre los médicos, los ingenieros y los escritores. Sobre todo, la cultura nos da vocabulario. Uno no escribe con los sentimientos, sino con las palabras. Usted debe conocer suficientes de ellas y haber penetrado su sentido exacto. De lo contrario las empleará inadecuadamente, el lector no le comprenderá.

La Academia Francesa pasa una sesión entera definiendo tres o cuatro palabras. Esto no es jamás tiempo perdido. Por falta de un lenguaje preciso, todo un pueblo puede ser lanzado en prosecución de objetivos vagos que no merecen ser perseguidos. Por lo tanto, busque en los diccionarios –y sobre todo en el Littré– que darán ejemplos preciosos. Cada vez que usted ignore el sentido de una palabra, búsquelo. Lea los grandes autores. Vea cómo, con las palabras que usa todo el mundo, él sabe crear un estilo. ¿Cuáles autores? Moliere, el cardenal de Retz, Saint Simón, Voltaire, Diderot, Chateaubriand, Hogu. Ensaye a descubrir el secreto de cada uno de ellos y las fuentes de su maestría.

No ensaye tener usted mismo un estilo. Ya vendrá solo si usted se forma a la vez un rico vocabulario y fuertes pensamientos. Aquello que uno concibe bien se enuncia claramente.

Guárdese de lo rebuscado y pedante. Nada echa a perder más un estilo que la vanidad. Diga simplemente lo que tenga que decir.
Valery ha dado este consejo: «De dos palabras, hay que escoger la menor». Es decir, la menos ambiciosa, la menos ruidosa, la más modesta. Prefiera siempre la palabra concreta que designa los objetos, los seres, a la palabra abstracta. «Los hombres», viene mejor que «la humanidad, «tal hombre«, es mejor que «los hombres». Las palabras abstractas son útiles, aun necesarias, pero pronto hacen que el lector vuelva a lo concreto. Con las palabras abstractas uno puede probarlo todo, pero no realizar nada.

Prefiera siempre el sustantivo y el verbo al adjetivo. Más tarde aprenderá a manejar éste como lo han hecho Chateaubriad y Proust, pero es difícil.

El filósofo Alain, que fue un gran profesor, dio este consejo: «Reducir los preparativos al mínimo. Es decir, no os preguntéis por largas horas ¿Como comenzar?, sino comenzad. La primera frase sugerirá la siguiente. Los pensamientos se desarrollarán uno tras otro. Si queréis una trama, no avanzaréis jamás. Si esperáis inspiración, esperaréis en vano. La inspiración nace del trabajo».

Stendhal decía que él tenía que escribir cada mañana, «genio o no genio» y el antiguo autor Plinio expresó «Nulla dies sine linea» (Ni un día sin líneas).
Si uno no se propone sentarse cada día a su escritorio, no para soñar, sino para trabajar, si uno se permite pensar: «esta mañana no me siento bien, estoy indispuesto, en la mañana los trabajos son difíciles», entonces está perdido. Al día siguiente hallará una nueva excusa y la vida pasará entre la haraganería y el fracaso.

¿Podremos dominar las dificultades de lenguaje y estilo, descubrir la frase por una palabra familiar? Sí, porque se habrán adquirido a la vez el gusto y la autoridad necesarios.

Los grandes escritores tienen sus vulgaridades intencionales, los grandes embajadores escriben sus informes humorísticamente y brutalmente concretos. Hay que tratar de imitarlos, de obtener su experiencia y su talento.
No hay que atraer la atención, sino por la precisión vigorosa de las fórmulas, por el ajuste perfecto de las frases a las ideas, por una brevedad compacta y plena. En fin, hay que guardarse, mientras no se sea un maestro, de las frases largas.
Bossuet las usa, pero él era Bossuet. Cuando el señor Caillaux era presidente del Consejo, le dijo a su jefe de gabinete, cuyo estilo le parecía ampuloso: «Escúcheme, una frase francesa se compone de un sujeto, un verbo y un complemente directo, eso es todo. Y cuando necesite un complemento indirecto, venga a buscarme».

Usó así una exageración graciosa y oportuna. Pero, en el fondo, era verdad.

El Arte de escribir de Andre Maurois, de la Academia Francesa, publicado en el diario Clarín el 21.05.64





Fuente: Hilda Lucci, correctora.
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Ver comentarios

  1. ¡André Maurois y su 'Historia de Francia y de los franceses'! El escribe tal y como lo cuenta en este artículo, claro y magnífico. Una delicia leerle, y muy útil aprender de él.

    Un beso,
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  2. Estoy de acuerdo con este hombre, lo que no creo es que lo estén las editoriales y as grandes celebridades de la cultura.
    Pienso que lo mejor es la sencillez pero no todo el mundo está de acuerdo.
    Muy bueno el artículo, gracias por mostrárnoslo.
    Besos!!
    Responder
  3. Cuánta verdad destila este artículo!, creo que todo escritor debiera leerlo. La simplicidad en la escritura es más difícil de lo que parece. Pongo un ejemplo: Un traje bien cortado luce mejor que uno con demasiados adornos. Los adornos pretenden cubrir los defectos.

    Besos,
    Blanca
    Responder
  4. Pues no sé, no sé. Teorizar desde un podio sobre lo que está bien o está mal al escribir, me parece más bien exponer los gustos, ideas y prejuicios de uno mismo. Si todo el mundo siguiera esa especie de reglas fijas gramaticales y adoración de los modelos clásicos que predica Maurois, no existiría el rupturismo, el riesgo, la personalidad intransferible de cada autor. Vamos, que lo primero que me ha venido a la cabeza es esa escena de El club de los poetas muertos, en la que leen en clase cómo medir la perfección de la poesía, según el libro de texto, y el profesor lo califica de basura y pide a los alumnos que arranquen la página.

    (http://www.youtube.com/watch?v=_D-mtCdYgsA).

    Evidentemente, a lo mejor el que está equivocado soy yo.
    Un saludo.
    Responder
  5. Estoy de acuerdo con Mannelig.
    Está muy bien teorizar sobre las reglas de la escritura desde los convencionalismos clasicos, pero un escritor es aquel que es capaz de comunicar lo que piensa o siente sin demasiados rizos literarios.
    No propongo la literatura simplista y despegada de unas ciertas normas, pero después de todo estas están para romperlas con la lanza de la personalidad propia.
    PAZ
    Responder
  6. Que buen hallazgo esta publicación. Me pareció muy enriquecedora y coincido en todo lo expuesto por André Maurois.

    Te dejo un beso grande.:-)
    Responder
  7. Realmente, una clase magistral a tener muy presente.
    ¡Y qué dificil parece escribir con sencillez!
    Responder
  8. De acuerdo en todo. Pero prefiero la escritura cercana, sencilla.Pero no vulgar,claro.

    Maravillosos escritos acaban haciéndose muy pesados por culpa de querer ser muy erudito. Las palabras son para comunicarse, hagámoslo fácil.

    Martikka qué grande eres.
    Responder
  9. En esta ocasión las opiniones parecen ir por dos derroteros: ceñirse a cánones o no hacerlo. Pienso que los grandes escritores que nos precedieron siempre tienen algo interesante que contar, y que sus técnicas y experiencia han de recordarnos que estamos cultivando algo que es un arte, y en él siempre hay maestros. Del alumno depende seguir la brecha abierta o abrir nuevas. A veces se sigue éste último camino pero se vuelve al inicio.
    Responder
  10. Ciertamente coincido con el artículo.
    Escribir sencillo no es nada sencillo. Que el lector entienda exactamente lo que el escritor quierde decir es complejo, pero debe ser la meta.
    A mi modesto entender, claro.
    Responder
  11. Estoy de acuerdo con las opiniones de Blanca Miosi. Todos llevamos incorporados los términos que usualmente usamos familiarmente o en nuestra relación linguística. Y a veces usamos términos que, por no cunsultarlos, nos sorprende cuando quien conoce del tema lo corrige haciendonos ver que su significado no era el que le dábamos. Y aunque llevemos mucho tiempo escribiendo siempre es necesario tener el diccionario a mano par no cometer errores garrafales.
    Responder
  12. Excelente información. Es cierto que el escritor debe ser un gran lector. Respecto a la cultura es una gran batalla en la época que vivimos, vengo de otra generación en la que la cultura era un bien preciado, hoy lo preciado es la ostentación material, "el tener" no el "el Ser". bueno,seguiremos leyendo y escribiendo. Gracias poir hacernos conocer estas reflexiones de semejante intelectual.





lunes, 18 de febrero de 2013

Pequeños secretos de la creación literaria. La caja de Tusmann

Conferencia de una hora.

Vídeos:

Pequeños secretos de la creación literaria. La caja de Tusmann. Parte 1
https://www.youtube.com/watch?v=H5oerFTIx-s

Pequeños secretos de la creación literaria. La caja de Tusmann. Parte 2
https://www.youtube.com/watch?v=2QQ1IDiX64w

Pequeños secretos de la creación literaria. La caja de Tusmann. Parte 3
https://www.youtube.com/watch?v=eYDDbn77zcU

Pequeños secretos de la creación literaria. La caja de Tusmann. Parte 4
https://www.youtube.com/watch?v=8Z4lfStITzU

Texto adjunto:


Subido el 03/10/2011
http://www.carmenposadas.net.
Pequeños secretos de la creación literaria. La caja de Tusmann. 

Conferencia, master class con Carmen Posadas donde cuenta algunos de los secretos para abordar la página en blanco.

domingo, 17 de febrero de 2013

Arte Motivacional (5) : Background

Como los fines de semana uno está ocupado en divertirse (o al menos así debería ser) y no se conecta tanto a Internet, voy a usar esos días para asuntos más ligeros que publicar libros o artículos. Por ejemplo, para dibujos y arte motivacional.

Aquí tenemos la ilustración de hoy. No sólo quiero que sea simpática. También pretendo que nos haga reflexionar:


Espero que os guste y os inspire mucho, tanto para crear como para jugar al Rol.

¡Feliz fin de semana!

Encontrada en esta página de Tumblr: